Nos da pena cuando cierra. Pero no cuando dejamos de entrar
Hay persianas que bajan dos veces.
La primera, cuando el negocio cierra.
La segunda, cuando dejamos de recordar que estuvo allí.
Cada poco tiempo aparece una noticia parecida.
Otro negocio que cierra en Castellón.
Otra persiana bajada.
Otro cartel de “Se alquila”.
Otro local que pasa de tener nombre a tener teléfono.
Y entonces llega el ritual.
“Qué pena.”
“El centro está muerto.”
“Esto ya no es lo que era.”
“Cada vez quedan menos tiendas.”
Lo decimos.
Lo pensamos.
Nos da rabia.
Y seguimos caminando.
Porque todos tenemos la sensación de que el centro se está apagando un poco.
Como esas bombillas que todavía funcionan, pero ya no iluminan igual.
Y aquí viene una verdad incómoda.
El centro no se muere solo.
Ya.
Lo sé.
No es una frase agradable.
Pero tampoco es mentira.
Porque después de lamentarnos un rato llegamos a casa.
Abrimos una app.
Pedimos algo.
Y esperamos al repartidor.
Sin mala intención.
Sin pensar demasiado.
Porque es cómodo.
Porque es rápido.
Porque la vida va deprisa.
Porque todos lo hemos hecho.
Nosotras también.
Esto no va de señalar a nadie.
Va de mirar algo de frente.
Porque abrir un negocio cuesta muchísimo.
Muchísimo.
Hay gente que pone dinero.
Hay gente que pone tiempo.
Hay gente que pone años.
Hay gente que pone una parte enorme de su vida detrás de una persiana.
Y luego resulta que cerrarla cuesta muy poco.
A veces solo hace falta una llave.
Un candado.
Y silencio.
Lo curioso es que todos queremos un centro lleno de vida.
Nos gustan las calles bonitas.
Los escaparates cuidados.
Las cafeterías con gente.
Las tiendas de barrio.
Los negocios que llevan ahí desde siempre.
Nos gusta que existan.
Nos gusta que formen parte del paisaje.
Como si fueran árboles.
Como si fueran eternos.
Pero no lo son.
Porque detrás de cada escaparate hay alguien haciendo números.
Alguien intentando llegar a final de mes.
Alguien que abre aunque llueva.
Aunque haga calor.
Aunque tenga un mal día.
Aunque las cuentas no salgan.
Aunque esté cansada.
Aunque piense en tirar la toalla.
Y eso no se ve desde fuera.
Desde fuera solo vemos la persiana.
Nunca vemos todo lo que la sostiene.
Quizá por eso duele tanto cuando desaparece.
Porque no desaparece solo una tienda.
Desaparece una historia.
Una rutina.
Un lugar conocido.
Un trocito de ciudad.
Hay calles que no pierden comercios.
Pierden recuerdos.
Porque una ciudad no son sus edificios.
Una ciudad son las personas que la habitan.
Las que la abren cada mañana.
Las que la mantienen viva.
Las que hacen que todavía haya algo detrás de las ventanas.
Y eso no aparece en una caja.
Ni en un carrito digital.
Ni en ninguna plataforma.
Porque hay cosas que llegan a casa en 24 horas.
Y hay cosas que solo llegan cuando alguien sigue levantando una persiana.
A veces hablamos del comercio local como si necesitara compasión.
Y quizá no necesita compasión.
Quizá necesita presencia.
Entrar.
Mirar.
Preguntar.
Comprar cuando tenga sentido.
Recordar que existe.
Porque la diferencia entre un escaparate lleno y una persiana cerrada rara vez ocurre en un solo día.
Sucede poco a poco.
Compra a compra.
Ausencia a ausencia.
Costumbre a costumbre.
Y no.
Comprar en un negocio local no va a salvar el mundo.
Ni va a resolver todos los problemas de Castellón.
Pero tampoco es un gesto tan pequeño como parece.
Porque detrás de muchas decisiones pequeñas se construyen las ciudades.
O se vacían.
Hay escaparates apagados que iluminaban más que algunas pantallas.
Y hay negocios que tardaron años en abrir.
Pero muy poco en cerrar.
Por eso, cada vez que vemos un cartel de “Se alquila”, quizá la pregunta no es solo:
“¿Qué ha pasado?”
Quizá la pregunta también es:
“¿Cuánto hacía que no entrábamos?”
Porque nos da pena cuando cierra.
Pero no siempre cuando dejamos de entrar.
No hace falta salvar Castellón en una tarde.
Pero igual sí podemos empezar por no olvidarnos de quienes todavía levantan la persiana.
Nosotras también nos lo apuntamos.
¿Y si empezamos por entrar antes de decir “qué pena”? 🦊
